Hay cosas que no decimos.
Y no siempre es porque no queramos… a veces es porque no sabemos muy bien cómo.
Se quedan ahí, en algún lugar entre el pecho y la cabeza, como si no terminaran de encontrar salida. No hacen ruido, no interrumpen, pero están. Y con el tiempo uno se acostumbra un poco a convivir con eso, como quien se acostumbra a un fondo constante que ya ni percibe.
A veces me pregunto qué hacemos con todo lo que no decimos.
Con ese enfado que no termina de salir, con la tristeza que se disimula rápido, con esas pequeñas incomodidades que vamos dejando pasar para no complicar nada. Parece que no pasa nada… pero algo se va moviendo por dentro.
Porque lo que no se nombra no desaparece, solo cambia de forma.
A veces se vuelve cansancio.
O distancia.
O una forma rara de responder a cosas pequeñas como si pesaran más de lo que deberían.
Y entonces uno se da cuenta —no siempre de golpe— de que quizá no era tan pequeño lo que estaba guardando.
Desde fuera puede parecer que todo está bien, que uno funciona, que sigue. Y en parte es verdad. Pero por dentro hay como pequeñas habitaciones cerradas, cosas que se han ido quedando sin mirar demasiado.
No creo que se trate de abrirlo todo de golpe. Ni de decirlo todo siempre. Hay cosas que necesitan tiempo, incluso silencio.
Pero sí de no pasar por encima.
De no tratar lo que sientes como si fuera algo que hay que apartar para poder seguir con lo importante. Porque, de alguna manera, eso también es lo importante.
Lo que callas no se queda quieto. Va encontrando su sitio, aunque no lo elijas del todo. Se cuela en cómo miras, en cómo respondes, en lo que toleras… y sin darte cuenta, también va formando parte de quien eres.
Quizá por eso no es tanto una cuestión de hablar más…
sino de empezar a no dejarte de lado en lo que sientes.
Aunque no tengas aún las palabras.
Aunque solo sea quedarte un momento ahí…
sin apartarlo.


Deja un comentario