Hay una pregunta que no solemos hacernos…
quizá porque intuir la respuesta ya incomoda un poco:
¿Quién soy cuando dejo de intentar agradar?
Porque muchas veces no vivimos desde lo que somos,
sino desde lo que creemos que los demás esperan de nosotros.
Decimos que sí… cuando en realidad es un no.
Sonreímos… para evitar un conflicto.
Nos ajustamos, sin darnos cuenta, a lo que encaja.
Y esto no empieza ahora.
Empieza mucho antes.
Cuando aprendimos que ser aceptados era importante.
Que el vínculo había que cuidarlo.
Que, de alguna manera, necesitábamos al otro para sentirnos seguros.
Y en ese camino, también fuimos aprendiendo algo más silencioso:
que había partes de nosotros que gustaban más que otras.
Así que empezamos a recortar.
A mostrar lo que encajaba.
A guardar lo que podía incomodar.
A convertirnos, poco a poco, en una versión más fácil de querer.
Es adaptación, es una forma de estar en el mundo sin perder el vínculo.
El problema llega cuando eso deja de ser puntual y se convierte en la forma habitual de estar.
Ahí es cuando, sin darnos cuenta, algo empieza a desdibujarse.
Y aparece una sensación difícil de explicar.
Como si algo no terminara de encajar.
Como si estuvieras… pero no del todo.
A veces se nota en lo pequeño:
en no saber qué elegir,
en responder en automático,
en ese cansancio de estar siempre pendiente de fuera.
Otras veces se nota más profundo:
en relaciones donde te diluyes,
en vínculos donde das más de lo que puedes sostener,
en la sensación de estar lejos de ti.
Y claro… dejar de intentar agradar no es solo cambiar lo que haces.
Es enfrentarte a algo más hondo.
Al miedo de no gustar.
De no ser suficiente.
De que, si eres más tú… alguien deje de quedarse.
Por eso es fundamental:
Empezar a escucharte.
Darte espacio.
Decirte la verdad, aunque sea en voz baja.
Y poco a poco, ir probando a estar más en lo que eres… que en lo que esperan.
Sin hacerlo perfecto.
Sin hacerlo de golpe.
Pero sin dejar de hacerlo.
Porque al final, quizá la pregunta no es solo quién eres cuando dejas de agradar.
La pregunta es cuánto de ti estás dispuesto a perder…
para que los demás se queden.
Y quizá, con el tiempo, aparezca otra más suave:
cómo sería empezar a quedarte… contigo.


Deja un comentario