Cuidarte también es dejar de insistir donde no te cuidan

By

Hay una idea que cuesta mirar de frente, quizá porque cuando aparece obliga a soltar algo que durante mucho tiempo se ha intentado sostener.

Cuidarse no siempre tiene que ver con añadir cosas nuevas, con hacer más, con esforzarse en estar mejor. A veces tiene más que ver con lo contrario, con empezar a retirar la energía de ciertos lugares, con dejar de insistir donde, en el fondo, ya se sabe que no hay espacio.

No se insiste por capricho. Se insiste porque hay algo que importa, porque se ha invertido tiempo, emoción, expectativas. Porque en algún punto se creyó que aquello podía ser distinto, que quizá con un poco más de paciencia, con más explicación o con más comprensión, algo terminaría cambiando.

Pero hay vínculos en los que el movimiento no es compartido. Lugares donde una parte se queda sosteniendo, empujando, intentando mantener vivo algo que, en realidad, ya no se está construyendo entre dos. Y eso no siempre se ve al principio, porque el deseo de que funcione suele pesar más que la evidencia de lo que ocurre.

Con el tiempo aparece un tipo de cansancio distinto. No es el cansancio físico ni el de un día largo, es algo más silencioso, más profundo, como si poco a poco se fuera perdiendo la claridad de uno mismo. Porque cuando se insiste demasiado en un lugar donde no hay reciprocidad, lo que se pone en juego no es solo el vínculo, también es la propia manera de estar, de relacionarse, de valorarse.

Y ahí es donde la idea de cuidarse empieza a cambiar de sentido. Ya no tiene tanto que ver con resistir, con aguantar o con entender más, sino con reconocer un límite. Con aceptar que no todo depende de uno, que no todo puede sostenerse a base de insistir, que hay relaciones que, si no se sostienen por sí mismas, terminan siendo un peso.

Dejar de insistir no es rendirse ni volverse frío, es dejar de ocupar un lugar en el que constantemente hay que demostrar algo para permanecer. Es permitir que lo que no se construye de forma compartida caiga por su propio peso, aunque eso implique soltar una idea, una expectativa o incluso una versión de lo que se pensaba que podía llegar a ser.

En ese gesto hay una incomodidad inevitable, porque soltar nunca es neutro, pero también aparece algo que no siempre se nombra: espacio. Un espacio que no estaba mientras toda la atención estaba puesta en sostener lo que no terminaba de sostenerse.

Y en ese espacio empieza a hacerse más visible algo sencillo, pero importante. Que cuidarse también es elegir dónde quedarse. Y que no todo lugar merece el mismo esfuerzo, ni toda relación debería requerir que uno se deje en segundo plano para poder mantenerse.

Posted In ,

Deja un comentario