En el ámbito social es frecuente escuchar expresiones como “es una persona complicada”, “no colabora”, “siempre boicotea los procesos”. A veces estas frases salen del cansancio, de la frustración o de no saber cómo seguir acompañando una situación que se repite. Pero detrás de muchas de esas etiquetas hay algo que merece ser mirado con más profundidad: historias difíciles.
No es lo mismo acompañar a una persona “difícil” que acompañar a una persona que ha tenido una vida difícil. Cambiar esa mirada no es un simple cambio de lenguaje; es un cambio en la forma de intervenir.
Cuando la conducta tapa la historia;
En intervención social solemos ver la conducta: retrasos, incumplimientos, respuestas defensivas, enfados, cierres, evitaciones. Y es lógico, porque es lo que aparece en el día a día del trabajo. Pero la conducta no surge de la nada. Muchas veces es la forma que la persona ha aprendido para protegerse, para no volver a sentirse expuesta, humillada o abandonada.
Cuando solo miramos la conducta, corremos el riesgo de intervenir desde el control o la corrección. Cuando miramos la historia, aparece la posibilidad de comprender.
Comprender no es justificarlo todo. Es contextualizarlo.
La “dificultad” como respuesta adaptativa;
Muchas de las conductas que etiquetamos como “difíciles” tuvieron, en algún momento, una función protectora. Desconfiar, anticiparse al rechazo, no implicarse demasiado, romper los vínculos antes de que duelan… son estrategias que, en contextos de inseguridad, ayudan a sobrevivir.
El problema aparece cuando esas mismas estrategias se mantienen en contextos distintos y empiezan a generar más problemas que soluciones. Pero incluso ahí, entender de dónde vienen cambia la forma en la que acompañamos el proceso de cambio.
No es lo mismo decir “no quiere colaborar” que preguntarnos “¿qué experiencias le han enseñado que colaborar no es seguro?”.
El impacto de las etiquetas en los procesos de intervención
Las etiquetas no son neutras. Cuando un profesional, un equipo o un recurso empieza a definir a alguien como “difícil”, esa mirada termina filtrándose en la relación. Baja la paciencia, se estrecha la escucha, se interpreta cualquier dificultad como una confirmación de la etiqueta.
Para la persona acompañada, esto se vive muchas veces como una nueva forma de rechazo. Y se refuerza el círculo: “no me entienden”, “da igual lo que haga”, “siempre me ven igual”. El cambio se hace más difícil cuando la mirada ya está cerrada.
Cambiar la mirada no es ser ingenuos. Es no quedarnos atrapados en la etiqueta.
Intervenir desde la curiosidad, no desde el juicio;
Una intervención más humana empieza por una actitud de curiosidad:
¿Qué hay detrás de esta conducta?
¿Qué ha vivido esta persona para reaccionar así?
¿Qué necesita ahora para poder relacionarse de otra manera?
La curiosidad abre espacio. El juicio lo cierra.
Y sin espacio relacional, es muy difícil que aparezcan procesos de cambio reales.
El papel del integrador/a social: sostener la complejidad
En Integración Social no acompañamos historias sencillas. Acompañamos trayectorias marcadas por pérdidas, exclusiones, fracasos, rupturas de vínculos, experiencias de desprotección. Pretender que esas historias no influyan en el presente es no comprender la complejidad del trabajo social.
Sostener la complejidad implica aceptar que algunos procesos son lentos, irregulares, con avances y retrocesos. Implica revisar nuestras propias expectativas de “progreso” y nuestra tolerancia a la frustración.
Cambiar la mirada también cuida al profesional;
Mirar a las personas como “difíciles” acaba desgastando mucho. Genera enfado, impotencia y una sensación de estar siempre chocando contra un muro. Mirarlas como personas con historias difíciles no elimina la dificultad, pero cambia la posición interna desde la que acompañamos.
Desde ahí, el acompañamiento se vuelve más realista, más humano y, paradójicamente, más eficaz.
Porque cuando dejamos de pelear con la conducta y empezamos a escuchar la historia, a veces la conducta empieza a cambiar.


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