“Las ruinas respiran despacio, como si aún doliera lo que no supimos amar a tiempo.”

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Hay imágenes que parecen hablar solas.

Una casa caída, el aire inmóvil, un reloj detenido en la pared, intacto entre los restos.

Nadie lo roba, nadie lo mira, solo el tiempo (ese viejo testigo) permanece callado, como si esperara que alguien volviera a escucharlo.

A veces las personas también quedamos así: de pie, pero con algo dentro suspendido. Seguimos con la rutina, pero una parte de nosotros se detuvo en el instante del dolor.

Esa es la naturaleza del trauma: no solo hiere, también congela. Congela la emoción, la mirada, la capacidad de confiar. Seguimos viviendo, sí, pero dentro de nosotros el reloj dejó de moverse.

Amamos como quien intenta sostener una casa que ya se cae, temiendo que si soltamos, todo desaparezca.

Y en ese esfuerzo por retener, a veces olvidamos mirar, olvidamos sentir.

El tiempo se llena de ausencias pequeñas que se acumulan, hasta que un día ya no hay nada que sostener.

La vida no significa correr; a veces significa detenerse. Escuchar la grieta antes del derrumbe, mirar al otro con presencia, decir “te necesito” cuando aún hay alguien que escucha. Porque lo que no se nombra, se pierde. Y lo que se posterga, se apaga.

En mi vida escucho con frecuencia:

“Pensé que siempre estaría ahí.”

Y esa frase duele más que la pérdida misma, porque lleva consigo la conciencia de lo no vivido, de lo no valorado a tiempo.

Quizá el reloj entre las ruinas no sea un símbolo de destrucción, sino de memoria.

Un recordatorio de que el tiempo, cuando se detiene, no lo hace por castigo, sino por ternura: para que miremos lo que no supimos mirar.

Tal vez no podamos reparar todas las paredes, pero sí aprender a detenernos antes de que caigan. No todo se puede reconstruir. Pero aún entre los escombros, hay algo que respira lento, como un pulso que espera ser sentido.

Tal vez la vida consista, simplemente, en aprender a escuchar ese pulso antes de que el reloj vuelva a caer.

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