La salud mental de los jóvenes es uno de los grandes retos del siglo XXI. Cambios rápidos, incertidumbres, redes sociales, pandemia, crisis económica… todo esto impacta fuertemente en cómo los jóvenes sienten, piensan y se relacionan
Muchos de los problemas de salud mental en jóvenes tienen como sustrato experiencias traumáticas (no siempre reconocidas como tales) o estresores crónicos:
El trauma puede venir en muchas formas: abuso (físico, emocional, sexual), negligencia, pérdidas importantes, violencia, acoso (bullying), hospitalizaciones, segregación social, etc.
Un estudio reciente revisó que haber sufrido un trauma en la infancia triplica el riesgo de desarrollar un trastorno mental grave en la edad adulta.
Otro meta-análisis (Trickey et al., 2012) investigó factores de riesgo de TEPT (trastorno de estrés postraumático) en niños y adolescentes (6-18 años) y halló que los factores subjetivos relacionados con el evento traumático, así como la baja apoyo social, disfunción familiar, estrategias cognitivas poco adaptativas, etc., predicen bastante bien quién desarrollará síntomas prolongados.
También se observa que los jóvenes que experimentan bullying u hostigamiento escolar tienen un riesgo significativamente mayor de presentar ansiedad, depresión, malos hábitos de sueño, e incluso síntomas de estrés postraumático.
¿Por qué impacta tanto el trauma?
El trauma no solo “marca emocionalmente”, también puede generar alteraciones en:
Cómo se regula la emoción (por ejemplo, mayor reactividad emocional, dificultad para manejar estrés).
Cognición: pensamientos negativos persistentes, autocrítica, baja autoestima, expectativas de desconfianza.
Neurobiología: algunos estudios muestran que el cerebro y el sistema hormonal pueden alterarse en su desarrollo si el trauma es temprano o repetido.
Relaciones interpersonales: dificultad para confiar, evitar intimidad, miedo al abandono, etc.
Por eso, aunque los síntomas visibles sean ansiedad, tristeza o comportamientos extremos, muchas veces la causa profunda tiene que ver con experiencias traumáticas que quedaron sin procesar (o que siguen activas como estrés crónico).
¿Qué pueden hacer los jóvenes desde ya?
Reconocer lo que te pasa — que no todo tiene que “ser normal”, que está bien sentir que algo no va bien.
Buscar espacios seguros — una persona de confianza, grupos de apoyo, terapia. Hablar es sanador.
Informarte bien — leer sobre salud mental, trauma, emociones; saber qué síntomas podrían estar relacionados para no quedarte con dudas.
Autocuidado constante — buenas horas de sueño, actividad física, tiempo para desconectar, hobby, naturaleza.
Terapia especializada — técnicas como la Terapia basada en trauma, EMDR, terapias centradas en el cuerpo, apoyo familiar, etc. Si puedes, acude a un profesional de salud mental.
Comunicar lo que sientes — con amigos, pareja, profesores; no cargar solo/a.


Deja un comentario