En los últimos años se ha descubierto algo fascinante: nuestro cerebro y nuestro intestino están conectados de una forma más profunda de lo que imaginábamos. Tanto, que muchos investigadores llaman al intestino “el segundo cerebro”. Y no es un simple eslogan: la microbiota intestinal (los billones de bacterias que viven dentro de nosotros) influye directamente en cómo pensamos, sentimos y aprendemos.
¿Qué es la microbiota?
La microbiota intestinal es el conjunto de bacterias, virus y hongos que viven en nuestro aparato digestivo. Aunque la palabra pueda sonar extraña, lo cierto es que la necesitamos para vivir. Estas bacterias “buenas” ayudan a:
- Procesar los alimentos.
- Fabricar vitaminas.
- Fortalecer las defensas.
- Regular la inflamación del cuerpo.
Pero, además, producen sustancias químicas que viajan al cerebro a través del nervio vago y de la sangre. Aquí aparece la conexión con la atención, la memoria y el pensamiento.
La conexión intestino-cerebro
Cuando nuestra microbiota está equilibrada, el cerebro recibe señales de calma y bienestar. Esto se traduce en:
- Mejor concentración y atención.
- Más claridad mental.
- Recuerdos más nítidos y mayor capacidad de aprendizaje.
En cambio, cuando la microbiota está alterada (por estrés, mala alimentación, exceso de ultraprocesados o antibióticos), es frecuente notar:
• Dificultad para mantener la atención.
• Problemas de memoria.
• Pensamientos más negativos o sensación de “niebla mental”.
Atención, memoria y pensamiento: tres funciones básicas
1. La atención es como el foco de una linterna: decide a qué estímulo prestamos energía. Si el intestino envía señales de inflamación o malestar, el foco se dispersa y cuesta mantener la concentración.
2. La memoria necesita un cerebro oxigenado y tranquilo para fijar recuerdos. Un intestino alterado puede generar ansiedad o estrés que bloquean esa fijación.
3. El pensamiento es la capacidad de organizar ideas, resolver problemas y planificar. Si las bacterias intestinales no están en equilibrio, el pensamiento se vuelve más rígido o caótico.
¿Qué podemos hacer en el día a día?
Algunas claves sencillas para cuidar la microbiota y, con ella, nuestras capacidades mentales:
- Alimentación variada y natural: frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y alimentos fermentados (yogur, kéfir, chucrut…).
- Reducir ultraprocesados y azúcares: dañan la flora intestinal.
- Beber suficiente agua: el cerebro también necesita hidratación.
- Dormir bien: el descanso regula tanto al cerebro como al intestino.
- Mover el cuerpo: el ejercicio favorece un equilibrio sano de la microbiota.
- Cuidar el estrés: la ansiedad prolongada altera la flora y, a su vez, esta aumenta la ansiedad, creando un círculo vicioso.
Lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino. Nuestra microbiota es un pilar básico del bienestar emocional y cognitivo. Cuidarla significa cuidar también nuestra atención, memoria y pensamiento.


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