Hay amistades que salvan. No con grandes gestos, sino con presencia. Con un “¿cómo estás?” sincero, con una mirada que sostiene, con el silencio que no incomoda. A veces no necesitamos respuestas, solo saber que no estamos solos.
Como psicólogo y docente, veo cada día cómo los vínculos influyen en el bienestar emocional. La amistad —la real, la que cuida sin exigir, la que acompaña sin invadir— tiene un poder enorme: reduce el estrés, protege frente a la ansiedad y mejora nuestra salud mental. Es medicina en forma de vínculo.
En el aula, en la consulta o en la vida, las amistades auténticas funcionan como espacios seguros: nos permiten ser sin máscaras, compartir sin miedo y sentir que pertenecemos. Por eso también se educa en amistad. Porque aprender a vincularnos de forma sana es una herramienta de “prevención emocional”.
Cuidar nuestras amistades es una forma de cuidarnos.
Y quizá hoy sea un buen día para recordarlo


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