La infancia no es solo una etapa. Es el “suelo” donde se siembran muchas de las creencias, emociones y vínculos que acompañarán a una persona durante toda su vida. Por eso, hablar de salud mental en la educación infantil no es un lujo ni una moda: es una necesidad urgente.
En mi trabajo como orientador y docente, he visto cómo los entornos educativos pueden ser espacios profundamente protectores… o profundamente hirientes. Un niño que se siente seguro, comprendido y valorado desarrolla recursos emocionales que le acompañarán siempre. En cambio, un entorno que ignora su mundo emocional puede generar heridas silenciosas que más tarde se expresan en forma de ansiedad, dificultades de relación, somatizaciones o “baja” autoestima.
Y es que el cuerpo también habla cuando la palabra no alcanza. Desde la medicina psicosomática sabemos que las experiencias tempranas, especialmente las que no se pueden expresar ni procesar con ayuda, se graban en el cuerpo. Un niño que no puede llorar acompañado, que no encuentra calma cuando se asusta o que vive constantemente en alerta, está sembrando sin saberlo una base inestable para su desarrollo emocional.
Aquí, el vínculo lo es todo. La calidad de la relación entre el adulto y el niño (ya sea familia, docente o educador) actúa como un amortiguador frente a las adversidades. Y no se trata de hacerlo todo perfecto, sino de estar presentes con humanidad, de reconocer las emociones, de reparar cuando nos equivocamos y de sostener con ternura los momentos difíciles.
Un niño no necesita adultos que lo llenen de actividades. Necesita adultos que lo miren con atención, que pongan palabras a lo que siente, que no lo juzguen por sentir “demasiado” o por “portarse mal”. Muchas veces, lo que llamamos mal comportamiento es una forma torpe de pedir ayuda. Y cuanto antes podamos ver el sufrimiento debajo del síntoma, más oportunidades tendremos de intervenir de forma respetuosa y efectiva.
La educación emocional en la infancia no es una asignatura más: es la base de una sociedad más consciente y sana. Y como adultos, somos “jardineros” de esos primeros vínculos. Desde la escuela, desde las familias, desde los programas sociales y desde cada interacción cotidiana, podemos sembrar salud mental.
Cuidar la salud mental de los niños es una forma de cuidar el futuro.
¿Cómo lo hacemos? Algunas claves prácticas:
• Dar valor a lo emocional en el aula, no solo a lo académico.
• Escuchar más allá de las palabras: ¿qué nos está diciendo el niño con su comportamiento?
• Nombrar las emociones, sin juzgar.
• Responder con presencia, no solo con normas.
• Acompañar también a las familias, sin culpas, desde la colaboración.
• Apostar por la formación emocional de los profesionales de la infancia.
Porque cuando un niño crece con vínculos seguros y con adultos emocionalmente disponibles, no solo aprende mejor: se siente valioso, capaz y digno de amor. Y eso es la mejor base para una buena salud mental.


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