Cómo influye el trauma infantil en la vida adulta (y cómo podemos sanarlo)

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A veces cargamos con emociones, miedos o formas de relacionarnos que no entendemos del todo. Nos decimos cosas como: “no sé por qué me afecta tanto esto”, o “si ya pasó, ¿por qué me sigue doliendo?”. La respuesta, en muchos casos, tiene que ver con el trauma.

Cuando hablamos de trauma, no nos referimos solo a grandes eventos dramáticos. También puede ser todo aquello que nos sobrepasó emocionalmente cuando éramos pequeños y no tuvimos con quién procesarlo. Puede ser una ausencia, una palabra que nos marcó, una necesidad emocional que nunca fue vista.

El trauma no siempre deja cicatrices visibles, pero sí se guarda en el cuerpo y en los vínculos. A veces se manifiesta en forma de ansiedad, en patrones de evitación, en dificultad para confiar o incluso en dolencias físicas.

Pero aquí viene la buena noticia: el trauma puede sanar. Y no lo hace a base de racionalizar, sino a través del vínculo seguro. Sanamos cuando alguien nos acompaña con presencia, cuando podemos expresar lo que nos dolió y sentir que ya no estamos solos.

En terapia, y también en muchos espacios educativos y familiares, podemos construir esas nuevas experiencias reparadoras. No se trata de borrar el pasado, sino de darle un nuevo lugar dentro de nosotros, uno en el que ya no duela tanto.

El trauma no es un destino. Es una herida que, si se cuida bien, puede cerrar. Y en ese proceso, descubrimos partes de nosotros que creíamos perdidas: la confianza, la calma, el sentido de dignidad.

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